REVISTA
LIBROS Y LETRAS
Edición número 77. Febrero - Marzo de 2008

Por: Luis Fernando
García Núñez
En este mes recordamos a uno de los escritores más importantes de la literatura latinoamericana, quien falleció el 7 de Febrero de 2003.
Esta entrevista fue publicada originalmente en Arte y Literatura de Guatemala, una página que recopila obras de los mejores creadores guatemaltecos; agradecemos a Juan Carlos Escobedo Mendoza (M.A.), su creador, las gestiones realizadas para poder ofrecer este articulo a nuestros lectores y al autor del mismo su gentileza para con nuestra revista.
En 1991, tuve la oportunidad de visitar México, país que ha brindado cobijo a exiliados y refugiados de todo el mundo, especialmente, debido a su vecindad, a guatemaltecos. En esa ocasión, en el mes de octubre, entrevisté a algunos escritores nacionales radicados en eses país, entre ellos Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Marco Antonio Flores, Marió René Matute, José Luis Perdomo, Otoniel Martínez, Carlos Solórzano y Julia Esquivel.
Con cada uno sostuve conversaciones sobre su vida y trabajo en México. En esta ocasión, haré remembranza de la conversación que sostuve con Monterroso, uno de los más grandes escritores vivos que tiene Guatemala. Monterroso es mundialmente conocido, a pesar de que su producción literaria no posee más de 10 títulos; sus cuentos y fábulas han sido traducidos al alemán, finlandés, italiano, polaco y una docena de idiomas más.
Escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Italo Calvino, Asimov, Carlos Fuentes, Roberto Fernández Sastre, José García Nieto, José Miguel Oviedo, Carlos Monsiváis, entre otros, han hecho elocuentes comentarios a la obra de Augusto Monterroso, que viven en México desde hace casi 50 años.
Viaje alrededor de Monterroso
Fue un viernes, cuatro de octubre de 1991. Caminé por la empedrada calle de Chimalistac, hasta que me detuve frente a una casa tipo colonial. Monterroso me recibió con su característica timidez y me ofreció un fresco de tamarindo. Me preguntó si era necesaria una grabadora, por lo que le expliqué que si le molestaba la guardaría dentro de mi mochila negra. Sonriendo me dijo que no, y me pidió que empezara con las preguntas. Cada vez que le lanzaba una interrogante, Monterroso se levantaba, silbaba alguna melodía clásica, tal vez Aída o Romeo y Julieta, volvía a la silla y me respondía.
Conversar con uno de los autores más importantes de ese siglo, es reconfortante, pero a la vez riesgoso. Esto último porque la talla de Augusto Monterroso es tan grande, que es difícil recabar todo lo que de él se ha escrito y publicado en libros revistas, periódicos y en la Internet para después no formularle una pregunta repetida o una que él ya haya respondido cientos de veces.
Guatemala es un país que aparece generalmente en la nota roja de los diarios de todos los países, pero las pocas veces que se le conoce como un país digno es cuando la literatura tiene que ver: no es para menos, Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso son responsables de ello.
Su obra ha opacado lo despiadado que ha sido este país de apenas 108 mil kilómetros cuadrados, pero con más muertos y sacrificados que ningún otro en América Latina. Una sociedad convulsa y que apenas es un proyecto de Nación. Sin embargo, estos tres grandes maestros hacen olvidar por momentos lo terrible y lo oscuro de esa sociedad.
Monterroso es un autor que ha demostrado que la concisión y la economía expresiva son los recursos más poderosos de la literatura, pero también los rasgos que definen su sincera personalidad.
Cuando conversa con él: ese hombre bajito, con las mejillas sonrosadas, tiene la sencillez de un anónimo, pero la sabiduría de Sócrates. No solamente en su literatura, el humor y la ironía son elementos comunes, también en él se refleja ambas características.
Más de alguna vez ha dicho a un periodista que él (Tito Monterroso) prefiere hacer las preguntas porque seguramente estará más enterado de otras cosas.
Y como Monterroso es también un hombre de carne y hueso, pues tampoco está a salvo de los ladrones: en cierta ocasión, cuando estuve de visita en su casa, me contó que tres cacos habían entrado a asaltar la casa. Maniataron a todos, pero antes de hacerlo con él, el propio autor de innumerable obra, llamó a un teléfono de emergencia para avisar del robo. Cuando los ladrones se percataron de la denuncia huyeron de la casa. Para fortuna de él y de la literatura, ya que, por lo general, estos delincuentes matan a su víctima cuando se percatan de lo ocurrido. Afortunadamente este autor sobrevivió para contarlo.
«Yo me ocupo de las moscas», ha dicho, especialmente cuando realizó una antología de ese díptero: «Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas... yo me ocupo de estas últimas», expresó, en especial en su libro Movimiento Perpetuo, en el que en un juego satírico recorre numerosos pasajes de la historia de la literatura en que estos insectos aparecen.
Líneas antes se menciona del riesgo de escribir de este autor, ya que él ha dicho todo lo que tenía que decir y muy bien y publicado; otros también lo han hecho y en circunstancias bastantes felices.
Estos son algunos fragmentos de la conversación que tuvimos ese día, en que el autor de La oveja negra debía de partir hacia Estados Unidos, pero por esta entrevista retrasó el vuelo y me brindó la posibilidad de emprender un viaje alrededor de él mismo.
Quizá uno de los más grandes recuerdos fue que me mostrara su biblioteca y su colección de discos. Me hizo ver algo que para él era un tesoro, una carta de agradecimiento que Yoko Ono, recién le había enviado por el homenaje que Monterroso le hiciera a los 10 años de la muerte del genial John Lennon.
- Maestro Monterroso, ¿qué le dice a usted la palabra Guatemala?
- Nunca he dejado de escuchar esa palabra ningún día de mi vida. No es que alguna vez la escuche y eso desate una serie de recuerdos. Guatemala está metida en mí, nunca ha dejado de ser parte de mi vida. Como le repito, no es que de pronto escuche y, como una Magdalena de Proust, me traiga una gran cantidad de recuerdos. Ahora, si usted quiere que le conteste más concretamente, le diré que siempre recuerdo mi juventud, mi adolescencia, los amigos de la Generación del 40. Con ellos empecé a aprender a escribir. Además, compartí esas mismas inquietudes y entusiasmos. Para mí ninguno ha dejado de estar presente. Vivo con ellos y ellos viven conmigo. Aunque algunos no piensen que así sea.
Yo jamás dejaré de recordarles y de quererlos, ya que esa etapa formativa de mi vida es de impresiones muy fuertes, que jamás se borrarán. Así es que no necesito escuchar la palabra Guatemala para recordar todo eso. Si tuviera que elaborar una lista de amigos, sería interminable, y quizá injusta para algunos. Ya que me da la oportunidad, quiero decir a mis amigos por este medio que siempre están conmigo y los llevo en el recuerdo.
- Trasladémonos a Guatemala, específicamente al cerro del Carmen, ¿le trae recuerdos ese lugar?
- Claro que me trae recuerdos. Creo que para todo adolescente guatemalteco, el cerro del Carmen es un punto de referencia muy importante. Allí se empieza a escapar hacia la vida, a observar y a meditar. En el caso de los escritores, viajar al sueño. Además, es un lugar de importancia para mí: yo iba al cerrito casi todos los domingos. Por aquella época trabajaba en un lugar que me mantenía ocupado los siete días de la semana y tantas horas durante todos esos días. Siendo muy joven, mi refugio era el cerrito del Carmen, donde llegaba con cinco centavos de quetzal. Esa pequeña cantidad de dinero me servía para comprar una cantidad de cosas como un cigarro, un dulce o un atol. Tampoco tomo al cerrito como un recuerdo, sino que es parte intrínseca de mi vida.
- ¿Dónde vivía en esos años de juventud?
- En la 12 Avenida y Callejón del Conejo de la zona uno. No sé si todavía se
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