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REVISTA
LIBROS Y LETRAS
Edición número 71. Julio de 2007
Por: Leonardo León

Ganador VI
Concurso de Creación Literaria Politécnico Grancolombiano
Bogotá, 2004
Ya sé que la gente no me respeta, más
no conciben asistir a estas fiestas si no estoy aquí.
Entiendo que la autoridad los vuelve locos y aunque ponen
sus ilusiones en manos de los astros saben que a una señal
mía, o al mínimo sonido que salga de mi boca
la esperanza que los hace vibrar puede desaparecer, o en el
mejor de los casos aplazarse por días, semanas, meses
o incluso hasta por años enteros. Eso me hace sentir
bien. Muchas veces he escuchado sus insultos y, aunque por
principio tiendo a ser justo a la hora de tomar decisiones,
el solo hecho de pensar que puedo determinar a quién
darle un poco de oxígeno, o a quién causarle
la muerte de forma súbita me da una sensación
de potestad como la que sentiría si fuera Dios, puesto
que, además, soy omnipresente: nada pasa en el escenario
de mis actuaciones que yo no vea, nada escapa a mis ojos,
ni a mis oídos y mi brazo siempre está dispuesto
para castigar a quienes pretenden engañar mis sentidos.
Estamos a pocos segundos de dar comienzo a la celebración
dominical, la gente ya ha empezado a atiborrar el templo y
en tanto se da inicio la gente canta y sueña.
Mientras ato los cordones de mis botines miro el reloj que
se ha convertido desde el principio en mi mayor aliado, es
por decirlo de alguna manera, mi amo, pero a la vez yo soy
su dueño. Ser el amo del tiempo también me hace
sentir todopoderoso, casi con las virtudes del dios al que
se rinde culto aquí y en el resto del mundo este mismo
día. Verifico que mi indumentaria luzca impecable y
que no haya nada fuera de lugar. Siempre he vestido de negro,
de pies a cabeza, no obstante, en los últimos tiempos
le he agregado toques de color a mi indumentaria. Hace años
soñaba con formar parte del firmamento, ser una estrella
ante la cual se inclinaran los hombres, pero como esto no
fue posible me conformo con ser el ministro del culto, el
amo y señor de las leyes que rigen el movimiento de
las esferas.
Pongo en mi cuello la cadena de la cual pende el símbolo
de mi autoridad y, mientras lo hago miro a mis colaboradores,
un guiño me hace saber que ya están preparados
para lo que viene, en nuestras manos está el sentir
de todas esas personas seguidoras de nuestra religión
quienes viven apasionadamente cada minuto del ritual sin dejar
de cantar sus himnos fervorosamente. Pese a ser visto por
ellos como unos imbéciles, y de verlos creer que dios
es una pelota, tenemos la responsabilidad de hacer que todo
salga bien y que nuestras disposiciones no se conviertan en
un factor de separación para quienes nos observan.
Ha llegado el momento, pausadamente recorremos el camino que
nos lleva al teatro de operaciones donde realizaremos nuestro
trabajo. Después de realizar algunos actos de protocolo,
saludamos, tomo la cadena, y me llevo el pito a la boca...
el partido a comenzado.

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