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REVISTA
LIBROS Y LETRAS
Edición número 74. Octubre de 2007
POR:
OMAR ARDILA
oardim@hotmail.com

No podíamos dejar pasar el 2007 sin recordar que
hace treinta años, falleció Roberto Rossellini
(Roma, 1906–1977), quien fue, sin duda, uno de los
más grandes directores del cine italiano. Su extensa
obra ha sido objeto de numerosos estudios, los cuales han
coincidido en considerarla como imprescindible para entender
los procesos históricos de la cinematografía.
Según algunos teóricos, con Rossellini empieza
el periodo del cine moderno, debido a los diversos elementos
renovadores que incorporó en su forma de producción;
otros lo consideran como el padre del neorrealismo (el mayor
aporte del cine italiano en los años cuarenta y cincuenta);
otros dicen, que es el más grande realizador de todos
los tiempos; e, incluso, algunos (en proporción mínima)
denigran de su trabajo por considerarlo como subversivo,
al ir en contra de la tradición cinematográfica.
En el estudio analítico de la obra de Rossellini,
realizado por Ángel Quintana y publicado por Ediciones
Cátedra, divide en cuatro etapas la producción
de Rossellini, lo cual nos parece muy acertado y por ello
nos plegamos a ese análisis. Las etapas son las siguientes:
La primera, durante el fascismo (1938–1945), años
en los que era imperativo para los directores, el tener que
acomodarse a las condiciones que imponía la Dirección
General para la Cinematografía Italiana, la cual se
encargaba de brindar el apoyo necesario a los proyectos seleccionados
para llevarlos a cabo. Por supuesto, muchos de estos trabajos
buscaban generar una sensación de calma entre la población,
mostrando un país en el que no pasaba nada; y otros,
se utilizaban para hacer, de forma directa, propaganda política
a favor del fascismo. Rossellini (quien provenía de
una familia burguesa), debido a la amistad que tuvo con Vittorio
Mussolini (el hijo del Duce), se vio obligado a colaborar
en un filme de propaganda política (De una misma sangre,
1938, de Goffredo Alessandrini), pero nunca manifestó una
clara adhesión al proyecto fascista durante ese tiempo.
Las películas que realizó en este periodo fueron:
La nave Bianca (1941), Un pilota ritorna (1942), L’Uomo
Della Crace (1943) y Desiderio (1943-46). Con estos trabajos
tuvo aproximación a la dialéctica de la realidad
de su país (en algunos casos con filmaciones que podrían
considerarse como documentales), lo cual sería de
gran importancia para su posterior trabajo que llegarían
a denominar como neorrealista.
La segunda etapa de la producción rosselliniana trata
sobre la época de la guerra. Tras la invasión
de los alemanes a Italia entre 1943 y 1944, Rossellini pasó de
ser un joven acomodado de la burguesía a ser un ferviente
militante antifascista, y consideró que era necesario
mostrar a través del cine, los destrozos de la ciudad
y la represión a que fueron sometidos sus habitantes
por parte de los nazis. Esta posición era una evidente
toma de partido a favor de una estética que tenía
la intención de situar al hombre y a la sociedad en
el centro de la reflexión cinematográfica.
Sus dos filmes de esta etapa (Roma, ciudad abierta, 1945
y Paisá, 1946) buscaban hacer conciencia del dolor
producido por los hechos recientes. En ellos hay un discurso
de rechazo y resistencia inmediato, teniendo al pueblo como
protagonista. Paisá fue la película que consolidó el
neorrealismo de Rossellini. Es la película que mejor
responde, estilísticamente, a dicho movimiento.
El tercer momento que encontramos en la obra de Rossellini
es el de la posguerra, que va desde 1947 hasta 1954. En las
producciones destacadas de ésta época (Alemania
año cero, 1947; El amor, 1947/48; Strómboli,
1949; Francisco juglar de Dios, 1950; Europa 1951, 1952;
Te querré siempre, 1953; y La paura, 1954), el director
no cayó en el discurso optimista que pretendía
mostrar una Europa en crecimiento después de la guerra,
sino que se concentró en develar cómo ésta,
había dejado sus huellas imborrables, que se manifestaban
poderosamente en la nueva configuración de las relaciones
sociales, y cómo, los desajustes emocionales y los
microfascismos gobernaban la subjetividad de sus compatriotas.
La esperanza del avance económico no podía
ocultar la desolación generada por la guerra, y tampoco
debía utilizarse para generar relaciones de producción
alienantes que llevaron a la deshumanización, como,
en efecto, ya había empezado a suceder. En estos filmes,
Rossellini puso en práctica los nuevos mecanismos
de producción que respaldaban su propuesta estética.
No pretendía reflejar la realidad en el espejo-cámara
sino mostrar la realidad revelada con una nueva dramaturgia
interpretativa, con una nueva puesta en escena y con la unión
de elementos significantes para constituir sentidos en la
relación con los espectadores.
La cuarta etapa de la obra de Rossellini, la denomina Ángel
Quintana como La incertidumbre (entre 1957 y 1963). Este
periodo estuvo marcado por el desequilibrio emocional que
acompañó al realizador debido al fracaso en
sus producciones que pretendían ser comerciales, a
la separación de su esposa Ingrid Bergman y a la poca
renovación formal en su propuesta cinematográfica.
Ante tantos caminos que parecían cerrarse, Rossellini,
llego incluso a afirmar que “el cine estaba muerto”.
Sin embargo, varios directores le daban vida a importantes
movimientos, durante esos mismos años, tomando como
base los postulados fundamentales que había desarrollado
Rossellini. En 1957 viajó a la India, donde pudo realizar
uno de los filmes más personales (India, 1957/58),
logrando insertar con gran ingenio, las imágenes documentales
dentro de una historia de ficción. Este fue el único
filme de esta etapa en el que pudo conservar la libertad
necesaria para el desarrollo íntegro de la producción.
Los otros filmes de ese periodo fueron: El general de la
Rovere, 1959; Fugitivos en la noche, 1960; Viva L’Italia,
1960; Vanina Vanini, 1961; y Anima Nera, 1962.
A partir de 1963, Rossellini se dedicó a la televisión.
Regresó al cine en 1974 con Anno Uno. Su última
película fue El Mesías, 1975. En estos dos
filmes continuó con el didactismo y su particular
visión de la historia que venía trabajando
con sus producciones para televisión.
Tras la búsqueda de la “imagen
esencial”
Con su obra, Rossellini abrió el camino a la realidad,
generando una ruptura radical con los métodos tradicionales
de la puesta en escena, pues para él era muy claro
que la dramatización y la búsqueda de los efectos,
se alejaba de la verdad, por eso decía que “si
queremos hacer algo lo más útil posible, debemos
eliminar cualquier falsificación e intentar librarnos
de las tentaciones de falsear la realidad”. Esto lo
llevó a tratar de volver a hacer de la imagen algo útil
(un instrumento) para acercarse al conocimiento, a partir
de una forma renovada de incidencia en el hombre, que no
buscaba la manipulación de lo emocional por medio
de artificios tecnológicos. Lo importante, entonces,
no era tanto la belleza de la imagen sino la aproximación
a la verdad epistemológica por medio de aquella.
Para Rossellini siempre fue evidente que acercar la cámara
a la realidad era una forma de humanizar el cine, ya que
confiaba en el poderío de la mirada como lo fundamental
para descubrir y encontrarse con el entorno. Pero ese acercamiento
a la realidad no era, necesariamente, hacia el exterior para
contemplar la miseria y el sufrimiento. Rossellini creía
que su realismo no era más que la forma artística
de la verdad. De esta forma, el concepto de realismo se hacía
más amplio, pues unía una realidad exterior
con una interior (de carácter espiritual). Dicha visión
ampliada de la realidad fue, quizás, el mayor aporte
del realismo rosselliniano, aunque algunos consideraron que
era una forma sutil de expresar el catolicismo, que siempre
estuvo tan arraigado en el director. Sobre el neorrealismo,
Rossellini afirmaba que era “ante todo, una posición
moral desde la que se puede contemplar el mundo. A continuación
se convierte en una posición estética, pero
el punto de partida es moral”. La intención,
entonces, era la de “mostrar” mas no la de “demostrar”,
para que el espectador tuviera la libertad de apreciar el
filme y establecer sus propias relaciones de acuerdo a su
universo conceptual. Sobre esta praxis estética decía
Rossellini: “Muestro las cosas, no las demuestro. Hago
un trabajo de reconstrucción. ¿Qué quiere
decir demostrar? Significa pensar en las cosas, verlas desde
un determinado punto de vista para, enseguida, intentar crear
emociones, convencer y abusar de los demás. Yo rechazo
ese método. Si debe haber una emoción, ésta
ha de surgir de las cosas tal y como son”. Era indiscutible,
el llamado a la libertad real de los hombres que hacía
Rossellini, pues él veía con agudeza, cómo
sus contemporáneos querían ser libres de crear
una verdad que les había sido impuesta, pero, paradójicamente,
no había quien buscara su propia verdad.
Conciente de que la imagen era preponderante en nuestra civilización,
Rossellini no dejaba de preguntarse si en verdad la utilizábamos
de acuerdo a su importancia. De ahí que la mayor motivación
que mantuvo a lo largo de su obra fue darle vida a la “imagen
esencial”, aquella que era capaz de sintetizar todo
un conocimiento. Por esa razón, buscaba la inocencia
de la mirada primera, como un niño que se acerca por
primera vez a una imagen. Su deseo de mostrar la propia experiencia
de encuentro con la realidad era un intento de volver a lo
esencial del cine: “Si pudiésemos volver directamente
a aquella que fue, para todos los seres humanos, la imagen
anterior al desarrollo de la palabra, las imágenes
tendrían un valor muy distinto. Con las imágenes
se revela todo, se comprende todo. El problema radica en
cómo desembarazarse de un sistema puramente verbal.
Podemos teorizar lo que queramos, pero en la práctica
siempre hacemos ilustraciones de un proceso mental que es
puramente verbal. Si conseguimos desembarazarnos de todo
esto, probablemente encontraremos una imagen que sea esencial”.
Así las cosas, la imagen estaría siempre superpuesta
a la narración y al montaje. Era con la cámara
con lo que el autor podía dar a conocer su propia
observación, su propia moral. De igual manera, los
actores debían olvidarse de interpretar y más
bien volver a su propia esencia, reconstruirse y tratar de
recuperar sus gestos habituales. Es por ello que en varios
filmes de Rossellini, vemos a los personajes totalmente vinculados
con el entorno y como proyección del mismo, o, por
el contrario, como extranjeros o desadaptados, debido a que
llegaban sin ideas preconcebidas.
Finalmente, resaltamos el vínculo que estableció Rossellini
con la realidad, el cual respondió a una vivencia ética,
que procuraba establecer la mayor aproximación entre
ficción y realidad. Para cerrar esta breve aproximación
al trabajo del director italiano, retomamos algunas de sus
palabras, que encierran una verdadera propuesta ética: “Es
necesario que la educación deje de considerarse –como
hacen muchos– un periodo de aprendizaje limitado en
cuanto a duración, un prólogo a la vida. Al
contrario debe contemplarse como un componente de la propia
vida. Hemos de aprender un oficio y es el oficio de hombre”.
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Roma, ciudad abierta
(Roma, città aperta)
Director: Roberto Rossellini
Guión: Celeste Negarville, Sergio Amidei, Federico Fellini, Roberto
Rossellini
Fotografía: Ubaldo Arata
Música: Renzo Rossellini
Montaje: Eraldo Da Roma
Intérpretes: Aldo Fabrizi, Anna Magnani, Marcello Pagliero, Akos Tolnay,
Alberto Tavazzi, Francesco Grandjacquet
Italia, 1945
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Roma,
ciudad abierta ha sido la película de Rossellini más estudiada,
puesto que muchos analistas la han considerado coma la iniciadora
del neorrealismo, posición que no ha dejado de ser
controvertida, más aún, si nos detenemos con
cierto rigor a tratar de ubicar en la obra, todos los cambios
que pretendía generar dicho movimiento.
El filme se remonta a los nueve meses de ocupación
nazi en la ciudad de Roma durante la ii Guerra Mundial, para
mostrarnos la lucha clandestina de un sector político
de oposición, en el que participan: Giorgio Manfredi
(Marcello Pagliero), un miembro del Comité de Liberación
Nacional, quien ha venido siendo seguido muy de cerca por
los nazis; Don Pietro (Aldo Fabrizi), el párroco del
barrio, quien colabora con los rebeldes, sirviéndoles
de intermediario y ayudándoles a falsificar los documentos;
y Pinna (Anna Magnani) una mujer líder de la resistencia,
que tiene un niño de ocho años y que está comprometida
con Francesco (Francesco Grandjacquet), un militante de la
oposición encargado de actividades propagandísticas. Éstos
personajes centrales, a la postre, terminan viendo frustradas
sus intenciones, teniendo que llegar al sacrificio de sus
vidas. Parte del guión tiene una base real, inspirada
en el asesinato del sacerdote Luigui Morosini, quien fue
torturado y asesinado por los nazis debido a su colaboración
con las fuerzas de la resistencia.
El retrato social de una ciudad agobiada por la guerra, que
nos muestra el filme, es bastante acertado. Al inicio vemos
cómo un grupo hambriento, bajo la orientación
de Pina, asalta una panadería ante la negativa de
los dueños para expender su producto. También
vemos la situación de conflicto tanto familiar como
vecinal, debido al hacinamiento en los viejos edificios que
ocupan, a la persecución y allanamientos continuos
y al temerario toque de queda decretado después de
las cinco de la tarde. Todos viven en unos ambientes de zozobra,
reprimidos, angustiados y con muy poca esperanza, salvo,
los militantes revolucionarios y algunos niños, que
conforman un frente de defensa para proteger su integridad.
Asimismo, Rossellini, también trata de recurrir a
la esperanza cristiana, por medio de Don Pietro, quien se
pregunta con angustia si “¿es que Cristo no
nos ve?”, pero que más adelante les dirá a
los torturadores nazis que su amigo Manfredi no hablará puesto
que él ha dirigido sus oraciones en su favor. Y al
final, nos entrega otra reflexión cuando ya siente
que su muerte es inminente: “No es difícil morir
bien, lo difícil es vivir bien”. Fue una constante
de Rossellini, el tratar de mostrar el catolicismo de la
sociedad italiana, como expresión fundamental en la
construcción moral. Es el caso de Pina, quien, debido
a estar embarazada de su novio Francesco, decide casarse
por la iglesia para sentirse tranquila interiormente. También
en el trato que mantiene Don Pietro con los niños,
se ve claramente la figura del pastor, que orienta y cuida
a su rebaño, y que al final da la vida por la redención
de sus “ovejas”. Esta referencia tan clara, al
pensamiento cristiano, generó fuertes críticas
por parte de algunos sectores comunistas ortodoxos, que no
veían con buenos ojos los acuerdos que establecieron
los revolucionarios con la Democracia Cristiana.
La película fue rodada inmediatamente después
de la caída de Mussolini, cuando en la ciudad todavía
se respiraba un ambiente contaminado por la guerra. El escenario
real semidestruido, era el indicado para producir entre los
espectadores el efecto reprobatorio de las prácticas
de la GESTAPO, que buscaba Rossellini. Debido a la falta
de película virgen, todas las escenas debieron filmarse
en colas de cintas ya usadas. Esto generó la imposibilidad
de una mayor utilización del plano secuencia (que
después tanto utilizaría Rossellini), uno de
los elementos fundamentales para el neorrealismo.
El filme, como proyecto de resistencia, tiene una visión
ideológica intencionalmente polarizada, con el fin
de generar un discurso en contra de la ocupación alemana,
lo cual nos parece totalmente justificado, sin embargo, algunos
críticos cinematográficos (especialmente norteamericanos),
consideraron que esa apuesta militante del neorrealismo generaba
una desestructuración en el cine, llevándolo
a situaciones frágiles en cuanto a la constitución
narrativa, al uso de los estudios y al manejo de los actores,
y por supuesto, lo que más les molestaba, el inoportuno “sesgo” ideológico.
Algunos aciertos técnicos que nos parecen importantes
en el filme son los siguientes: el esfuerzo en la economía
de recursos (más por necesidad que por convicción)
para hacer un trabajo digno; la secuencia del allanamiento
al edificio donde vive Pina y su posterior asesinato – una
de las secuencias más recordada y analizada en la
historia del cine –; el montaje durante la tortura
de Manfredi, recargado de tiempos muertos y, en una ocasión,
con un abrupto cambio que nos pasa del cuarto de torturas
al salón donde los alemanes brindan por sus triunfos;
y, finalmente, el buen uso de los escenarios naturales para
hacer más verídica la intención realista.
En la discusión sobre el real aporte al neorrealismo
de Roma, ciudad abierta, se ha argumentado que ésta
no puede considerarse como totalmente neorrealista por lo
siguiente: tiene una estructura dramática clásica,
ceñida a los lineamientos del guión; cuenta
con actores profesionales que le dan un fuerte sustento al
desarrollo de la producción; utiliza pocos exteriores,
la mayor parte de la película se realiza en estudios
improvisados. Los verdaderos aportes del neorrealismo, que
se manifestaron plenamente en el siguiente filme de Rossellini
(Paisá) son: uso primordial de exteriores, presencia
de actores naturales, constantes planos secuencia y manejo
de la profundidad de campo, visión cruda y directa
de la realidad, manteniendo un fuerte vínculo con
el documental. Lo que sí es evidente y constituye
un novedoso aporte de Roma, ciudad abierta, es la manera
como Rossellini planteó un nuevo método de
observación de la realidad, estableciendo una dialéctica
entre el mundo exterior y el subjetivismo de los actores.
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