- Jorge Consuegra: La fascinación del cuento es lograr decir en tan corto espacio, algo monumental. Pero "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" de Monterroso u "-¿Olvida usted algo?- Ojalá" de Luis Felipe Lomleí, aunque son creativos ¿son esencialmente cuentos?
- ¿Se debe escribir más por oficio que por diversión?
- Creo que en una gran mayoría de escritores hay un inmenso afán por el vedettismo. Piensan más en los cocteles, en los titulares de primera página, en compartir con la farándula, que en la verdadera disciplina de escribir, en la pasión por hacerlo, en el rigor que exige la literatura.
- Si miramos un poco atrás, hace 30 años se no se veían esos espectáculos del mercadeo, librerías anegadas de afiches, "habladores", volantes, presentaciones en donde corría el alcohol o la excesiva mesa, sino más bien, eran cenas o presentaciones modestas en donde se tenía la oportunidad de hablar con los escritores, compartir con ellos y mover los libros por "radio bemba" como decía Celiz Cruz...
- Dices algo muy, pero muy importante: cuando llegaban por barco "los libros de Cabrera y los demás, que lo sacudían a uno y luego lo obligaban a quedarse hablando hasta la madrugada"... Esa fantástica descarga de adrenalina, leyendo, compartiendo, diciéndole a los demás de la maravillosa fascinación por esas nuevas obras, ya no ocurre hoy a pesar de la cantidad inmarcesible de obras que atosigan, empalagan, acosan y casi asfixian ¿por qué?
- Primero, porque los que nos emocionábamos, ya somos más cautelosos, más desconfiados, más selectivos, aunque debo confesar que ando de cabeza con los libros de Michael Connelly (acabo de leer su 18º título, uno detrás del otro, la mejor novela policíaca, tan buena como las historias de James Ellroy o Elmore Leonard o Patricia Highsmith), y otros como “Gomorra” y también “¿Quiere ser millonario?” que es superior a su película, “Slumdog Millonaire”, y tambièn los libros gordos de Richard Ford), de modo que una razón es esa: los que nos emocionábamos, ya no somos los mismos. Segundo, la baja calidad de los libros que salen todos los días en Colombia y España (para hablar solo de los que aparecen en castellano), además de que, durante los eventos a los que invitan escritores, la gente siente pena o timidez o inseguridad, y no los buscan, no los tocan y prefieren como en Cartagena de Indias, salir en estampida en busca de un aire acondicionado y un vaso de limonada bien fría. Es cierto, ni el cine ni los libros ni la pintura provocan esas reacciones de hace 30 años o más, ahora esta generación ya ni lee los libros originales, sino fotocopias o en Internet, hay una deshumanización absoluta, lástima, porque leer e ir a cine son tan emocionantes como comer bien o entrar al cuerpo tibio de una mujer tierna, o recordar las calles o los lugares de nuestras ciudades favoritas.
- ¿Hasta que punto puede uno ser más cauteloso, desconfiado y selectivo al leer un nuevo autor y su nueva novela? Las sorpresas desagradables siempre están a la vuelta de la esquina...
- Al contrario, ni cauteloso ni desconfiado ni selectivo, solo hay que dejarse llevar por la emoción del posible descubrimiento de un mundo diferente al nuestro, de emociones que no conocíamos o de una historia que nos desubique. Eso ocurre a veces y entonces, uno tiene esa sensación extraña que, por supuesto, solo ocurre con pocos autores: sentir que nos escriben a nosotros.
Sobre esto de la emoción de los libros, recomiendo una próxima película, “El Lector” en la que una muchacha analfabeta a través del amante que pacientemente le leer algunas novelas, siente que su vida y su sexualidad y su soledad y su dolor cambian del todo, y lo mejor: varios años después, encerrada en una celda, gracias a esa voz que sigue llegándole en casetes, aprende a leer sola, en un ritual de expiación por todos los errores cometidos en su corta vida.
- En medio de tanto caos, guerras, rumores, secuestros, sicarios, desamor, politiquería ¿cómo puede uno inducir a un niño o a un adolescente o a un joven en el mundo de los libros?
- Es un proceso natural, como enseñarle a no subir los codos a la mesa o lavarse las manos al salir del baño o saludar al llegar o marcharse, es un proceso sin apuros ni presiones, que el niño descubra con ternura ese universo fascinante y extraño de los libros, con obras apropiadas para cada edad, por supuesto.
- ¿Quién te dio los primeros libros para que empezaras a meterte en este maravilloso mundo? ¿Qué libros fueron?
- Los primeros libros, con un esfuerzo inhumano, fueron proporcionados por mi padre. En la casa, las cosas andaban muy mal (carne, una vez a la semana, si acaso), arroz con huevos todos los días y desde Primaria, él me compró poco a poco los libros que quería leer. También estaban las bibliotecas de los colegios, donde los prestaba pero el salto gigantesco en lecturas lo tuve cuando entré a Diario del Caribe, Alvaro Cepeda me dio una lista de lecturas obligatorias (Hemingway, Faulkner, Saroyan, Capote, Camus, Defoe, más los latinoamericanos que apenas despuntaban: hablo de los sesentas, primera y segunda mitad), libros que por supuesto no podía comprar, entonces apareció otro ángel en mi vida, la poetisa Meira Delmar que dirigió por muchos años la Biblioteca en Barranquilla y la conocí y autorizó que podía llevarme todos los libros que quisiera, ya se imaginan los días que tuve con todos esos libros, especialmente uno que me impactó hasta ahora, Los Miserables, que nunca he podido dejar de leer por lo menos cada año, como Rayuela o Cien años de soledad o A Sangre Fría.
- ¿Hubo uno o más libros que a tu temprana edad te hubieran hecho llorar?
- Los Miserables, por supuesto y una novela hermosa que no me canso de releer y recomendar, Cumbres Borrascosas pero en mí se presenta un fenómeno extraño, quizás a la manera de Benjamín Button, ahora lloro más, sobre todo en el cine, como pude experimentarlo hace pocas horas cuando pude ver “El lector” con Kate Winslet y luego “Vals con Bashir” sobre la matanza de Sabra y Chatila.
- De tu propio bolsillo ¿cuál fue el primer libro que compraste y por qué?
- Debieron ser los libros de Cortázar, Cabrera Infante y Vargas Llosa que costarían cinco pesos o una suma parecida. La verdad es que durante largos meses conté con la complicidad de la poetisa Meira Delmar que dirigía la Biblioteca. Después, las editoriales comenzaron a enviarme las novedades por mis notas en Diario del Caribe y El Heraldo.
- La sensación de tener un libro en las manos, el olor a tinta, la textura del papel ¿te producía una inmensa alegría?
- La textura del papel, el olor a tinta, el peso del mismo libro, esa sensación de poder, en algunos casos, avanzar y retroceder a voluntad, o mejor, reiniciarlo para que no se acabe (me ocurrió con “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, lo iba leyendo en un viaje de 10 horas y cuando llegaba a la mitad, volvía a iniciarlo para sorpresa de la persona vecina de vuelo), todas esas malas costumbres forman parte de un ritual que no se parece a nada en la vida.
- ¿Cómo fue el primer intento de escribir? ¿Un cuento? ¿Un relato? ¿Un comentario? ¿Apareció una musa?
- Nunca he creído en las musas ni la inspiración ni nada por el estilo, escribir es un oficio, uno nace o no hace con la disponibilidad y los elementos indispensables, ahora, que lo descubra al comienzo o a la mitad o al final de la vida, es otro asunto, pero, no, escribir debe ser natural en uno como escribir. Claro que los talleres ayudan a descubrir a los que tienen esos elementos y los incentivan a desarrollarlos. En el caso contrario, nada que hacer. Lo primero que escribí, cuentos, muy malos, cuando estaba a mitad del Bachillerato, muy malos, que al día siguiente rompía sin piedad. El primer cuento se llamaba “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9…..” que gustó a amigos como Gonzalo Arango y Roberto Burgos Cantor pero más por solidaridad que otra cosa.
- ¿Primero fue el aguijón de la literatura y luego el del cine?
- No, el cine ya estaba desde siempre porque mis padres me llevaban aún antes de nacer, a las funciones nocturnas en Barranquilla, con esa brisa y esa humedad y ese fresco en las inmensas salas al aire libre, a mirar las películas mexicanas. No recuerdo ninguna época de mi larga vida en la que el cine no esté presente. Los libros, afortunadamente, aparecieron ya en los años de Primaria cuando comencé a leer Dumas y Salgari y Verne, sobre todo Verne, una novela que nunca he olvidado sobre el correo Miguel Strogoff.
- ¿Qué callecitas recuerdas de Barranquilla que aún guardan el aroma de tu infancia y de tu adolescencia? ¿Ellas sirvieron para algunos de tus cuentos?
- La Barranquilla de mi infancia ya no existe, era la del barrio Rosario, junto a la iglesia y el parque donde jugaba “chequita” o béisbol con tapas de gaseosas, nada queda, todo ha sido demolido. Más que la ciudad, me influyó un pueblo, Puerto Colombia, con su muelle que está derrumbado y un alemán que fritaba mojarras y patacones. La verdad es que otras ciudades del mundo que conozco, pesan y aparecen en mis historias, sobre todo NY y La Habana.
- ¿Existió un profesor que te dedicaba tiempo a leer, te sugería libros, te prestaba algunos?
- Claro, en esos primeros años Alvaro Cepeda me hacía listas de los libros que “debía leer”, especialmente norteamericanos y en cuanto los préstamos, la poetisa Meira Delmar era la encargada de suministrarme los títulos que Cepeda me ordenaba. Fue un aprendizaje duro, lento pero alegre.
- ¿Cuáles fueron las primeras películas que viste? ¿Cuáles te llenaron la cabeza de magia? ¿De locuras adolescentes?
- Afortunadamente, miré mucho cine mexicano en mi niñez, porque, siempre lo digo, antes de nacer ya mis padres me llevaban al cine, Después vinieron las series largas, muy largas, con trenes descarrillados y sultanes derrocados, y luego las películas de hampones que ahora reviso todos los días con admiración.
- ¿Los primeros amores, además de los libros y el cine, cómo fueron?
- Uno siempre se enamora de sus maestras. En Primaria, de una joven que nos cuidaba en el bus escolar y tenía senos generosos. Además, con el clima de Barranquilla, los mostraba todo el tiempo, orgullosa. En Bachillerato me enamoraba de otras maestras que aparecían y desaparecían como fantasmas, y en el fondo de la memoria, por supuesto, los muslos de Sofía Loren, violada por los soldados tunecinos y la ingenuidad lasciva de MM, y los pecados de las actrices francesas. Bueno, me fascinaba Kim Novak por la fama de zoofílica que ostentaba.
- ¿Cómo fue el pensar salir de Barranquilla, con su color y calor para llegar al altiplano, frío, desconocido, lleno de gente?
- La primera vez fue en 1969, detrás de una hermosa mujer que vivía en Barranquilla, se marchó a Bogotá y me fui tras ella. Por supuesto, cuando no hay dinero ni posibilidades, el amor se va extinguiendo como una pavesa. Trabajé como pude, tuve un puesto por pocos meses en el Ministerio de Desarrollo, cambió el gobierno y el nuevo Ministro de Desarrollo (hoy un apreciado amigo) me echó por colocar a uno de los suyos, colaboré en Visión gracias a la generosidad de Leopoldo Villar, y con una escala en Cúcuta, financiado por Miguel Méndez y su esposa de entonces, Rosaema, regresé a Barranquilla. Después, ya como corresponsal de El Espectador, don Guillermo Cano me propuso trabajar en Bogotá, escribiendo crónicas y regresé, acá nació mi hijo menor, Mario Gabriel y acá encontré personas estupendas y amores que comenzaron y terminaron, de forma natural, publiqué libros, viajé a entrevistar actores y directores, he estado en festivales de cine y me he enamorado de algunas ciudades como La Habana, Nueva York y Madrid.
- ¿Qué empezó a cautivarte de Bogotá? ¿Los libros? ¿Los cines? ¿La gente?
- Cuando llegué a Bogotá, la primera vez a mediados de 1969 había un ambiente sensacional, en el café El Cisne, hasta donde todos llegábamos para contemplar, como si fueran dioses a personajes como Marta Traba y Feliza Burztyn y los nadaístas y otos artistas que entraban y salían con sus bufandas, olorosos a marihuana y ron, felices de estar vivos y en medio de ese desorden, esperábamos los jueves la llegada da Isaías González con las pruebas de su Magazín Dominical de El Espectador, quizás lo más fresco y audaz del periodismo colombiano, sin roscas ni grupitos, en esa época. Yo vivía en una habitación (una) que me alquiló un gran fotógrafo, William Zapata, en esa callecita que sube al lado de la universidad de Los Andes, sin agua caliente, sin poder cocinar en el cuarto, incómodo pero era lo que se podía y era interesante porque, en la habitación del lado vivía Hugo Ruiz que escribía todo la noche y dormía todo el día, y muchos amigos iban los fines de semana a beber y escuchar música con él y su mujer de entonces. A veces me encontraba con Cobo en la cafetería del Continental y almorzábamos pasta, ya para entonces yo andaba con los amigos de la vida como Roberto Burgos y su esposa Dorita que vivían en las residencias universitarias frente a Corferias y nos veíamos los domingos para comer arroz con leche e ir en busca de las películas francesas en la sala inmensa de la Calle 19 con la Quinta. Bogotá siempre me ha gustado, por el frío que ya no es tan frío, el color gris de ciertos atardeceres, la niebla de la madrugada, el silencio de los domingos por la mañana, es una ciudad que no se parece a ninguna otra, además he conocido hermosas, inteligentes y tiernas mujeres a quienes, por culpa mía, les he perdido el rastro pero las llevo en la memoria.
- ¿Miras con nostalgia las ferias del libro en el Parque Santander?
- Curiosamente, nunca fui a las ferias del parque Santander, por varios motivos que no es del caso citar aquí, pero escojo uno: soy fetichista con los libros.
- Excelente, entonces, para hablar de los libros y el fetichismo. ¿Qué fetiches tienes con los libros y con el cine?
- Sé que estas respuestas serán tomadas como muestra de cursilería o sobradez o jactancia o simple tontería pero, así es uno: No leo libros ni periódicos ni revistas usados, ajados, manchados o llenos de sudor o grasa, me molesta y prefiero no prestar jamás libros ajenos, ni prestarlos a otras personas, prefiero regalarlos, dejárselos. Casi nunca marco ni subrayo los libros o las revistas, prefiero colocar pedacitos de papel o tela para recordar ciertas citas, o reproducirlas en el computador. Cuando un autor me gusta por el lenguaje o los temas o los personajes o su pensamiento, entonces lo releo varias veces, como el caso de Michael Connelly en este momento o la señora Patricia Highsmith o Angeles Mastretta o Juan Cruz o Carlos Fuentes o Vargas Llosa, los leo y leo y leo sin cansancio ni pereza, pero siempre en mis libros, no los pido prestados, ni los presto. En cuanto al cine, detesto encontrar una película comenzada, prefiero llegar con la luz encendida y si es una sala especial, entonces ubicarme en la misma butaca de la misma fila, siempre. Prefiero el cine solo, es decir, sin compañía, no me gusta que me hablen ni hablar aunque en ocasiones, sin querer, hago movimientos con las manos que repiten los gestos de la cámara. Hay otras aberraciones pero no deben ser compartidas ahora.
- ¿Qué personajes, de tantas novelas que has leído, te pusieron a llorar?
- Recuerdo que Los Miserables me impacto mucho, lo mismo que Cumbres Borrascosas, después Rayuela me produjo una sensación de soledad y tristeza que vuelve cuando la releo que hago con frecuencia.
- De tantos personajes que pasaron por tus ojos ¿te hubiera gustado conocer a quiénes?
- Esa es la magia de la buena literatura que uno hubiera querido conocer personajes como Horacio Oliveira o La Maga, el Coronel o los detectives y asesinos de Chandler, Hammett, Connelly o Highstmith, el capitán Acab, el mismo Salomón obsesionado con el olor de la reina de Saba, los trasnochadores tigres de la Habana, Zavalita, los boxeadores de Burgos y los toreros de Papa, en fin, tantos personajes que uno se topa en esos libros que cada vez, como las películas, vuelven a ser los mismos porque de los nuevos……sin comentarios.
- ¿Qué final de qué novela no debió ser así? ¿Te hubiera gustado cómo?
- Lo cierto es que uno nunca queda contento, ni con los desenlaces de las películas (sobre todo cuando ella se queda con quien no debe quedarse) y los finales de los libros, pero ahí entra a funcionar o jugar la relación de uno con el escritor o el realizador, aceparles sus finales.
- ¿De qué protagonistas de novela te enamoraste? ¿Remedios la Bella? ¿De La Maga de Cortázar? ¿De la intrusa de Borges?
- Primero fueron las princesas encerradas en los castillos y luego esos personajes como las mujeres lánguidas de las grandes novelas policíacas que eran perturbadoras y peligrosas.
- ¿Te parecía que el tiempo era corto para ti yendo a cine, escribiendo libros, haciendo periodismo, atendiendo a la familia, yendo a tertulias, compartiendo con los amigos?
- Claro, el signo nuestro siempre ha sido la brevedad del tiempo, aunque es cierto también que, con un buen libro en las manos o sumergidos en la oscuridad de un cine o compartiendo las sábanas con una mujer hermosa y tolerante e inteligente, o degustando un buen plato de arroz con coco y posta de sábalo, la vida se hace breve o al menos, más tolerable. En los últimos años habría que añadir las emociones compartidas con los nietos.
- ¿Quiénes fueron tus primeros amigos en Bogotá? ¿escritores? ¿poetas? ¿paisanos? ¿periodistas? ¿Cómo fueron esos primeros días de frío en la capital?
- En la primera etapa, es decir, entre 1969 y 1970, los amigos más cercanos eran Roberto Burgos y Leopoldo Villar y Javier Ayala y Cobo y los escritores que giraban alrededor del Cisne y la Bucholz del centro y Darío Jaramillo y Oscar Alarcón, ese grupo alegre que escribía y sobrevivía mientras yo ocupaba una pequeña habitación junto a la U de los Andes. Fue una época ingenua, llena de sorpresas y descubrimientos.
- ¿Y con esos maravillosos amigos no hablan del Che, de Fidel, de la marihuana, del nadaísmo, de las pedreas en la Nacional, de las caminatas de los estudiantes?
- Por supuesto, hablamos de esos y otros temas en largas jornadas en El Cisne y otros sitios de la Séptima con la calle 24, eran años ingenuos, llenos de ilusiones que poco a poco se fueron hundiendo con la realidad que era agobiante.
- ¿Cómo era un día común y corriente en El Cisne y cómo un día muy especial?
- Todas las noches nos veíamos y sobre todo, hacíamos que nos vieran al lado de los famosos como Obregón o Marta Traba o Feliza o Fernando Martínez o Gonzalo Arango y sus nadaístas, a veces Cepeda pasaba por ahí con su novia de turno, y casi todas las noches comer y beber cerveza como prólogo de otras reuniones. Los días especiales eran los jueves cuando aparecían los colegas de los diarios con los suplementos del domingo siguiente. Emocionante.






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